Distinguimos dos tipos de competencias en la inteligencia emocional: las personales y las sociales.
La competencia personal es el resultado de las habilidades de autoconocimiento y de autodominio. En términos generales, es la capacidad de estar consciente de las propias emociones y de controlar las conductas y tendencias.
La competencia social, por otro lado, es el resultado de la conciencia social y del arte de manejar las relaciones interpersonales. Es, además, la habilidad para comprender las conductas y motivos de los otros, y de lograr interacciones fluidas y eficaces con ellos.
Las habilidades que componen estos dos tipos de competencias ocurren a menudo en forma conjunta, de tal forma que es difícil distinguirlas.
Las competencias personales se centran más en el individuo que en las interacciones con otras personas.
El autoconocimiento es la habilidad para percibir la forma y el momento preciso en que ocurren las emociones propias. También permite comprender las conductas y tendencias que uno realiza en distintas situaciones.
Un alto grado de autoconocimiento requiere de la voluntad para tolerar la incomodidad de centrarse en emociones que pueden ser negativas.
La única manera que tenemos de comprender realmente nuestras emociones es pasar suficiente tiempo pensando en ellas, tratando de ver de dónde vienen y por qué surgen.
Las emociones siempre sirven un propósito, ya que son reacciones a experiencias de la vida, y por lo mismo, vienen de alguna parte.
Es importante determinar, entonces, en qué medida las actuales circunstancias que uno enfrenta son lo suficientemente importantes para generar ciertas reacciones en sí mismo. Las situaciones que generan emociones fuertes requerirán de mayor elaboración.
El autodominio determina cuando uno decide actuar o no actuar. Es dependiente de la autoconciencia, ya que consiste en la habilidad de usar el conocimiento de las propias emociones para ser flexible y poder dirigir el comportamiento en forma positiva. Esto implica manejar las reacciones emocionales de acuerdo con las distintas situaciones y personas.
Algunas emociones crean un temor que paraliza, lo cual hace que el pensamiento se torne borroso, por lo que no es posible llevar a cabo una acción. En esta circunstancia, el autocontrol se manifiesta en la habilidad para tolerar la exploración de las emociones propias.
Una vez que se comprendan las emociones propias y que se sienta cómodo con ellas, el curso de acción se nos aparecerá por sí solo.
¿Se puede producir una emoción a voluntad?
De acuerdo con Susana Bloch, es posible inducir voluntariamente las emociones básicas a través de patrones efectores de respiración, posturales y faciales, característicos de cada una de ellas.
La práctica del método Alba Emoting permite a cualquier persona reconocer, expresar y regular a voluntad las emociones y comprender estados emocionales complejos que en su mayoría no son otra cosa que una mezcla de emociones básicas.
Sucede que muchas veces funcionamos con un concepto ideal de nosotros mismos, es decir, con una visión del futuro, de lo que nos gustaría llegar a ser. Para algunos, esta noción es clara, conocen los cambios que necesitan hacer en sus vidas y lo que deben hacer para que esto suceda.
Sin embargo, muchos de nosotros tenemos un cuadro irreal de lo que queremos ser. Un error común es pensar que ya hemos llegado a este ideal, cuando en realidad nos falta un largo camino.
Lo que uno realmente es tiene que ser descubierto y esto puede tomar años. De la misma forma en que el concepto ideal de nosotros mismos no es necesariamente real, tampoco es necesariamente verdadero lo que otros ven en nosotros; esto último puede considerarse un espejo de lo que proyectamos.
En un mundo perfecto, estas distintas formas de lo que uno realmente es serían un solo conjunto. Sin embargo, en la realidad a lo más uno debería tratar de hacer coincidir estas distintas miradas sobre su persona, teniendo claro que nunca podrán coincidir totalmente.
En muchos sentidos, las relaciones interpersonales son esenciales para nuestro desarrollo personal, ya que nos ayudan a crecer y a desarrollarnos cognitiva y socialmente para formar nuestra propia identidad.
El desarrollo de las personas sigue un patrón de crecimiento caracterizado por la interdependencia con los otros.
A partir de la relación con los miembros de nuestra familia nos movemos a interactuar con nuestros pares, profesores, colegas y autoridades. En el momento en que ingresamos a un sistema de educación formal ampliamos nuestro mundo social; lo mismo ocurre cuando ingresamos a una organización o a una comunidad.
De esta manera, aprendemos nuevas destrezas y competencias, tales como la colaboración y el trabajo en equipo. Nuestro crecimiento social e intelectual están determinados por la calidad y naturaleza de nuestras relaciones interpersonales.
Por lo tanto, nuestra identidad se construye a partir de las relaciones con otras personas. A medida que interactuamos con otros, percibimos sus respuestas y recibimos la retroalimentación de cómo nos perciben y aprendemos a vernos tal como nos ven los demás.
Con esta información empezamos a tener un cuadro más claro y preciso de nosotros mismos. Si los demás nos aprecian, tendemos a considerarnos valiosos y tratamos, por otro lado, de incorporar las características que admiramos en otros.
También dependemos de los demás cuando tratamos de entender el mundo que nos rodea, cuando intentamos distinguir lo que es real de lo que no lo es. Con el objeto de darle un significado a la realidad, necesitamos compartir nuestras percepciones y reacciones con otras personas para poder así compararlas con lo experimentado por otros.
Más aún, necesitamos ser validados como personas por los otros. Esta validación considera las respuestas de otras personas que nos indican si somos normales, sanos y valiosos. Al contrario, otras personas nos invalidan al hacernos ver que somos ignorantes, inútiles, poco importantes y de poco valor, o peor aún, que no existimos. En nuestras interacciones necesitamos dar y recibir este tipo de confirmaciones.
El rol de la autoexposición. Esta puede ser definida como el acto de revelar la forma en que se está reaccionando a una situación actual, junto con dar información relevante acerca del pasado. Estas reacciones frente a las personas y hechos de la vida tienen mucho más que ver con los sentimientos que con los datos de la situación.
Al autoexponerse, la persona está compartiendo sus sentimientos acerca de los hechos que están ocurriendo. Esto no significa revelar detalles íntimos de su vida anterior. La historia es importante sólo en la medida en que aclara su reacción actual.
Al permitir que me conozcan puedo crear el potencial para la confianza, el cariño, el compromiso, el crecimiento y la amistad. ¿Cómo podría lograr la confianza o el compromiso si no me conocen?
Permito que me conozcan cuando muestro cómo estoy reaccionando a lo que ocurre. Esta apertura depende de mi autoconocimiento y de mi autoaceptación.
El autoconocimiento surge de las experiencias e interacciones con otras personas. Uno no podría separar estos dos aspectos. No se aprende a conocerse a sí mismo escondiéndose en un armario y evitando el contacto con otros. Uno aprende a conocerse teniendo una variedad de experiencias con muchas personas.
Por otro lado, uno no puede mostrar sus sentimientos y reacciones si no las conoce; a menos que esté consciente de ellos uno no puede comunicárselas a nadie.
Hay muchas maneras en que nos podemos conocer en forma consciente. Una de ellas implica observarnos con el objeto de comprender nuestros sentimientos y reacciones: es lo que se ha llamado autopercepción.
Otra forma es simplemente describir los sentimientos, percepciones, reacciones y experiencias en palabras, lo que nos lleva a una mayor claridad y organización de nuestras ideas y a nuevos significados de ellas.
También, el compararnos con otros nos sirve para aumentar el autoconocimiento. Esto ha sido llamado la "comparación social", es decir, observar a otros para evaluar las propias actitudes, emociones, atributos y habilidades.
La mayoría de los directivos que asisten a cursos de inteligencia emocional acuden con la necesidad de mejorar su relación con los demás u optimizar su poder de influencia o persuasión.

Sin embargo, no están conscientes de que para ser efectivos en este terreno, primero tendrán que conocerse a sí mismos y aceptarse. No saben quiénes son realmente, se identifican con aquello en lo que están basadas sus creencias, valores, fortalezas y debilidades, sin analizarlas.
Como consecuencia de lo anterior, no se hacen planteamientos en relación a su estilo de liderazgo, a su forma de resolver problemas, a sus estilos de aprendizaje, mientras no se encuentren ante una situación difícil, ante un problema o una crisis.
En general, mientras más alto el puesto directivo, mayor es el desconocimiento que se tiene de sí mismo y menor el grado de inteligencia emocional alcanzado.
La relación entre la inteligencia emocional y los cargos directivos es de los resultados más dramáticos. Los puntajes en los test de IE aumentan hasta el nivel de mandos medios, y luego empiezan a descender.
Desde los niveles de Director hacia arriba los puntajes descienden rápidamente, siendo los del CEO los más bajos (ver figura).
Estos datos son difíciles de entender porque uno esperaría que mientras más alto el cargo, más necesarias son las habilidades interpersonales, ya que la función principal de un ejecutivo es hacer que el trabajo lo realicen otros.
Sin embargo, lo que ocurre a menudo es que los directivos son ascendidos por sus conocimientos o por antigüedad, más que por sus habilidades para dirigir personas. Esto ocurre a pesar de que los ejecutivos que tienen un alto grado de inteligencia emocional son los que mejor se desempeñan.
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